Castañalona
(En memoria al castaño centenario caído en el Vierdes de Sajambre). Los símbolos sí importan y quien diga que no, miente. Banderas, himnos, escudos, blasones... En la historia de la humanidad, incluso las inertes piedras han servido de testigos, de metas, de inicios o finales. Han delimitado aldeas, ducados, reinos...
Los símbolos sí importan y quien diga que no, miente. Banderas, himnos, escudos, blasones... En la historia de la humanidad, incluso las inertes piedras han servido de testigos, de metas, de inicios o finales. Han delimitado aldeas, ducados, reinos... Las hemos convertido en dioses cincelando sus formas., Por un símbolo, un soldado sería capaz de recibir la metralla con tal de no soltar su estandarte. Porque representa su patria, su hogar y todos aquellos valores por los que combate. Un trozo de tela, sí, pero un trozo de tela importante. Se jura ante una bandera, y es un himno lo que entonan los soldados allí formados. Es el apellido, el linaje, lo que cuenta, más que el mero nombre del individuo, cuando se establecen los lazos. Pendiendo del cuello o grabado en la empuñadura de una espada, en un escudo de armas sobre la chimenea o en un tapiz cuidadosamente conservado, un símbolo es el alma de aquello por lo que fue creado.
El siguiente poema lo escribí el año pasado, precisamente dedicado a un símbolo de una tierra en la que no nací, pero en la que eché raíces, o quizá fuesen las raíces de mis antepasados las que sujetaron mi alma, más que mis pies, a ese suelo. Y de ese suelo, precisamente, se desprendió hace unos días una parte de nuestra historia, un símbolo que anunciaba la llegada a una aldea en la que prácticamente nadie vive, pero a la que muchos pertenecemos. Más que el cartel que reza el nombre del pequeño pueblo, aquel enorme árbol era el punto cardinal exacto, la línea imaginaria que, una vez cruzada, nos decía sin texto alguno que habíamos llegado al destino, colmándonos de una felicidad indefinible y por muy pocos explicable, o, por el contrario, que cruzábamos de nuevo, de vuelta a nuestros hogares temporales, (porque si algo compartimos todos es que aquel es más hogar que aquellos en los que habitamos el resto del año), generando una inmensa nostalgia que se iría disipando (no del todo) con la vuelta a las ciudades y el paso de los días.
Habrá, entre las jóvenes generaciones, quienes piensen que exagero y que un simple árbol no puede ser la musa atemporal de una escritora que, no solo escribe un poema, sino que dedica un texto completo a honrar su reciente y tristísima caída, pero otros, los que la conocen, saben muy bien de qué hablo y que, lejos de engrandecer su figura, no hay aquí dichas suficientes palabras que expresen fielmente lo que ese castaño significaba para unos pocos. Pero para los que eso puedan llegar a creer les recuerdo aquel Roble vasco, “Árbol de Guernica”, cantado por Iparraguirre, o ese “Olmo Viejo” de Antonio Machado, o “El Álamo” de “En un Vasto Dominio” de Vicente Aleixandre.
Este poema formaba parte de un poemario que finalicé en octubre y que he decidido presentar a certámenes. Ha querido la feliz casualidad que ahora mismo no esté siendo valorado por un jurado en ninguno de esos concursos literarios y he podido extraer estos versos, sin incurrir en un incumplimiento de las bases, para compartir aquí estos versos y honrar así la memoria de este símbolo. Porque poemas, puedo escribir muchos, pero Castañalona solo hay (había) una.
CASTAÑALONA
Pequeños cascabeles mudos cuelgan de sus desnudas ramas. Un desconocido otoño la pintó de ocre y oliva y la desnudó de sus hojas que, doradas, palidecían bajo añiles nubes aladas.
Tronco de musgo y miel; de aroma a añeja salvia; tantas vidas abrazadas bajo tus copas castañas… Asiento de caminantes, hogar de esguilos y arañas, ¿cuántas vidas sucumbieron a la vejez de tus nudos, a las raíces que, aferradas, aún alimentan tu cuerpo de vetusta madera sabia?
Humilde, clamo tu reposo. En ti, me venceré en silencio; en mi espalda tus arrugas, tus ásperas pieles castañas.