La verdad desnuda
Amparada en tus brazos de armadura, siendo para mí más que suficiente, pues no hay razón que al corazón no aliente a amarte, amor mío, hasta la locura;
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«Una historia cargada de intensas sensaciones con una exquisitez asombrosa. Una apuesta atrevida de dos mujeres valientes...»
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Sobre mí se cernía la noche y yo le temía como una mujer teme la madurez que un día deseó de niña. Y si acaso se llevara mi alma dejando este cuerpo muerto en vida? Y si a mis sueños cederme quisiera, sin opción a despertarme al día?
Me habló, sin sus mares, la luna afilada; me dijo colgando de aquel manto, oscuro y espeso techo insondable: «Niña, ¿por qué has de temer a la noche? si es siempre la causa que precede al día. Suceden el uno y la otra, sin jamás tocarse, un ligero roce, todavía... y nada más.
¿No es triste, mujer hermosa, su condena? Y tú, que eres ambos y a ambos amas por igual, déjate ir, sin miedo, al sueño, pues en ti, y solo en ti se pueden besar».
Me ciñó la noche a su cintura, bajo la luna, triste y blanca sin sus mares, puntiaguda. Y sopló en mi nuca su sombra, y cubrió con ella mi lecho, mi silueta temblorosa, mis ojos, mis manos... y mi boca. Así esperamos ambas al día, ella en mí y yo en ella todavía, para, en la luz despertar sedientas del líquido dorado.
El día acudió a mi lecho, bañó mis dedos, besó mis párpados, rozó mis labios. En mi piel, ambos amantes se bebieron: una, su prístina alegría; el otro, su seductor silencio trasnochado.
Y en mí habitaron y cohabitan ambos; al sueño sin temor me entrego, a su bruma, bajo el Mare Imbrium de la madre luna; redonda y pálida se insinúa y así dice: «Mujer de luces y sombras, tres amantes son ahora: la noche, la dama y el día. Suceden uno en las otras, se tocan, se rozan, se beben y mucho más... todavía».
Amparada en tus brazos de armadura, siendo para mí más que suficiente, pues no hay razón que al corazón no aliente a amarte, amor mío, hasta la locura;
Leer poema completoMe miro en el espejo como por vez primera; como si los ojos que me contemplan no fueran los míos sino otros ojos. Cada curva antecede a la siguiente en una inclinación vertiginosa; buscando en la caída mis exóticas y voluptuosas formas de mujer.
Leer poema completoCuando mi sombra tu cuerpo amenaza sin que el temor oscurezca tu rostro ni haga brillar el deseo tus ojos, busco tu frente. Cuando las líneas que surcan tus pieles garabatean en ellas tus dudas y desde tus labios es pronunciada
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«Solía, después de haber sido benévola y espléndida en caricias, volverse estatua en el lecho para viajar tan lejos como sus pensamientos le permitieran...»
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