Sobre mí se cernía la noche y yo le temía
como una mujer teme la madurez
que un día deseó de niña.
Y si acaso se llevara mi alma
dejando este cuerpo muerto en vida?
Y si a mis sueños cederme quisiera,
sin opción a despertarme al día?
Me habló, sin sus mares, la luna afilada;
me dijo colgando de aquel manto,
oscuro y espeso techo insondable:
«Niña, ¿por qué has de temer a la noche?
si es siempre la causa que precede al día.
Suceden el uno y la otra, sin jamás tocarse,
un ligero roce, todavía... y nada más.
¿No es triste, mujer hermosa, su condena?
Y tú, que eres ambos y a ambos amas
por igual, déjate ir, sin miedo, al sueño,
pues en ti, y solo en ti se pueden besar».
Me ciñó la noche a su cintura, bajo la luna,
triste y blanca sin sus mares, puntiaguda.
Y sopló en mi nuca su sombra, y cubrió
con ella mi lecho, mi silueta temblorosa,
mis ojos, mis manos... y mi boca.
Así esperamos ambas al día, ella en mí
y yo en ella todavía, para, en la luz
despertar sedientas del líquido dorado.
El día acudió a mi lecho, bañó mis dedos,
besó mis párpados, rozó mis labios.
En mi piel, ambos amantes se bebieron:
una, su prístina alegría; el otro,
su seductor silencio trasnochado.
Y en mí habitaron y cohabitan ambos;
al sueño sin temor me entrego, a su bruma,
bajo el Mare Imbrium de la madre luna;
redonda y pálida se insinúa y así dice:
«Mujer de luces y sombras, tres amantes
son ahora: la noche, la dama y el día.
Suceden uno en las otras, se tocan, se rozan,
se beben y mucho más... todavía».