LA MECANIZACIÓN DE LAS RELACIONES INTERPERSONALES
Decía Frida Kahlo “si tengo que pedirlo ya no lo quiero”

Decía Frida Kahlo “si tengo que pedirlo ya no lo quiero”
Es lícito e incluso recomendable que, en toda relación, sea del tipo que sea, las personas se expresen con claridad respecto a qué esperan del otro y qué ofrecen al otro. El problema surge cuando en esas necesidades incluimos actos cometidos como efecto de un sentimiento o una emoción porque podemos pedir que se actúe como deseamos y quizá el otro haga el mayor de los esfuerzos para ofrecérnoslo, pero ese acto o actos, serán superficiales, vacíos de toda autenticidad.
Ciertas acciones sí pueden ser expresadas como un deseo y, de hecho, pueden favorecer las relaciones interpersonales, porque efectivamente, el otro no nace sabiendo y no tiene por qué adivinar nuestras necesidades, ni siquiera tiene por qué tener las mismas necesidades y, por tanto, quizá no comprenda que nosotros sí las tengamos, así que conviene hablarlas con naturalidad. Por ejemplo: “necesito que me ayudes con las bolsas de la compra” o “necesito que repartamos las tareas de la casa”, “quiero que vengas tú a verme porque siempre voy yo y existe la misma distancia entre tu casa y la mía”, “necesito que me dejes terminar de hablar en lugar de interrumpirme”, “desearía que me enviaras un mensaje cuando llegues para no preocuparme”. Como podemos ver, ahí se están pidiendo acciones concretas. Al otro podrá costarle más o menos, pero lo único que se requiere es voluntad.
Sin embargo, aquello que más nos hace falta en las relaciones interpersonales, no suele estar relacionado con acciones concretas sino con las emociones o sentimientos que las generaron y no es el acto en sí lo que en realidad nos colma sino el hecho de que el otro lo hizo de forma genuina porque realmente lo deseaba. Más aún, lo que añoramos es lo que tuvimos en algún momento y que, por el motivo que sea, ha desaparecido o disminuido con el tiempo. Cuando una persona nos expresaba echarnos de menos o nos buscaba porque disfrutaba de nuestra compañía, cuando conversábamos durante horas con un amigo porque las palabras fluían solas; la caricia auténtica que se daba porque se necesitaba el roce; esa llamada que se prolongaba porque no se deseaba sino escuchar la voz de la persona en un ir y venir de ideas y pensamientos; las preguntas que surgían porque en realidad éramos importantes…
Al principio, de algún modo intentamos recuperar lo que sea que echamos en falta y pedimos. Pedimos y se nos da, pero es un esfuerzo vano porque el acto está presente, pero carece de emoción o sentimiento. El abrazo no reconforta y la caricia fluye con la inercia de un movimiento aprendido; las palabras “te echo de menos” llegan, pero no así el mensaje y previamente a la llamada el pensamiento ya no es “necesito hablar con él/ ella” sino “tengo que llamar, que no se me olvide”. Sin darnos cuenta hemos mecanizado aquello que en otro momento fue genuino, que no necesitó pedirse ni forzarse porque surgió como un acto puro de necesidad o deseo y es en esa emoción ajena donde encontrábamos satisfacción y gozo, en el deleite del otro a través de nuestro contacto. ¿Se puede pedir un beso? Por supuesto, se pueden pedir cientos, pero ¿es el beso lo que en realidad deseamos sentir o es el percibir el deseo del otro por saciar su sed en nuestros labios? ¿Deseamos la caricia o lo que necesitamos es sentir el impulso de la otra mano que no pudo contenerse por la necesidad del roce de nuestra piel?
Con el tiempo, nos damos cuenta de que esa mecanización no nos colma, no nos sentimos plenos y comprendemos lo que Frida Kahlo deseaba expresar cuando dijo “si tengo que pedirlo, ya no lo quiero”, y dejamos de pedir y también dejamos de dar aquello que no surge en nosotros por puro deseo o necesidad, aún a riesgo de perder o ser perdidos, porque más vale un solo acto genuino, uno solo, aunque sea el primero y el último.