Escritura · 10 de mayo de 2025

Sinrazón... O idiotez

No sé muy bien qué es lo que se les puede pasar por la cabeza a ciertos iluminados cuando leen, ya sea en prosa o en verso, a una autora que escribe erotismo...

El beso robado (Le Baiser à la dérobée), Jean-Honoré Fragonard alrededor de 1790

Hay una falta absoluta y generalizada de razonamiento y comprensión. Podría, incluso, llamarse idiotez y, si no fuese porque parecería estar gritando, algo que procuro evitar en la medida de lo posible, escribiría dicha palabra en mayúsculas. Qué demonios, si tengo que pegar una voz, que sea para decir este palabro. IDIOTEZ. Ahora sí, qué a gusto me he quedado.

No sé muy bien qué es lo que se les puede pasar por la cabeza a ciertos iluminados cuando leen, ya sea en prosa o en verso, a una autora que escribe erotismo, pero me temo que en lugar de apreciarlo como lo que es, es decir, literatura, lo asimilan como si de un manual de instrucciones se tratase y pretenden poner en práctica con nosotras aquello que leen (y lo que no, también. Su imaginación desborda). El problema no es que deseen alcanzar tan idílicos sueños con la inmediata realidad, no, el problema es el modo en que intentan hacer realidad los nuestros, pobres ilusos, como si nosotras no fuésemos autosuficientes y más que eficientes en la toma de decisiones sobre quién, cuándo y cómo esperamos cumplir (quizá incluso ya hemos cumplido), lo que nuestras letras cuentan o imaginan.

Por el camino, entre la lectura de nuestras letras y su salto del tigre desde el armario de pino (o caoba, lo mismo da si es para tirarse uno en cueros y en picado), se desnudan por completo, dejándose el respeto en el mismo lugar en el que dejan tirados los calzones (y probablemente el neocórtex). Además de no tener la menor idea de cómo se seduce a una dama, que no suele ser (aunque haya excepciones) por medio de la exaltación de los atributos propios ni sacando en una primera y escueta toma de contacto, todo el repertorio de halagos y/o proposiciones de buenos amigos tales como: “si vienes por aquí algún día, yo te llevo de turismo y puedes quedarte en mi casa” (no importa que viva a miles de kilómetros y su país sea el último de nuestra lista de posibles), o “si estuvieses conmigo no te iba a faltar de nada” (con esta última frase suelo imaginarles modo gorila de pelo en pecho (háganlo ustedes, resulta bastante divertido).

Incluso si llegásemos a escribir sobre nuestras propias experiencias o deseos, que pretendan ser ellos quienes nos los inspiren es, cuanto menos, cómico, pero por lo general, resulta bastante triste... Siento tener que aclarar que, en la mayoría de los casos, esas palabras que tanto atraen a los incautos (como dice un buen amigo mío), como si fuesen cantos de sirena, ya tienen dueño (o dueña), bien sea esta una persona real, de carne y hueso y con nombre y apellidos desde que su madre la trajese al mundo, o ya sea un ser divino al que difícilmente podrán asemejarse los hombres primitivos que todavía creen que conquistar a cualquier mujer consiste en dar muestras de ser capaz de proveer el hogar con pan e hijos o, peor aún, que la frase “podemos ser amigos con derecho a roce” es el “Hocus Pocus” de las relaciones interpersonales.

Me pregunto si, el día que publique alguno de mis relatos de novela negra, también se ofrecerán a ejercer de víctimas de la femme fatale o, si por algún casual me llevasen mis pasos a escribir un ensayo sobre canibalismo, también se imaginaran siendo parte del menú... Me estoy planteando, incluso, si no sería preferible escribir sobre el apareamiento de las mantis religiosas… ¿Habría voluntarios? Quizá así no tendríamos que cuidar después del goce a ningún personaje con canas en sus bajos fondos y mente de pubescente.

Extasiémonos con la palabra y que nos eleve allí donde deseemos imaginarnos, pero no hagamos de lo sublime un simple acto carnal más propio del apareamiento del irracionable animal que del magistral acto de la seducción que nos es otorgado a los seres con intelecto.