Ensayo · Fanzine Nuevas Voces Nº1 · 2025

El deseo como concepto vivo y finalidad constante

Entiendo el deseo como un ente vivo, y como tal, considero que debe ser alimentado, pero no únicamente en el plano físico, como sacia el alimento al hambriento, sino como concepto superior, místico...

"Mujer sentada: estudio para un cartel" (Seated Woman – Study for a Poster, 1897), Alphonse Mucha
"Mujer sentada: estudio para un cartel" (1897), Alphonse Mucha

Entiendo el deseo como un ente vivo, y como tal, considero que debe ser alimentado, pero no únicamente en el plano físico, como sacia el alimento al hambriento, sino como concepto superior, místico o, para quienes lo prefieran definir de un modo menos abstracto, de forma intelectual y/o emocional. Únicamente los procesos que se rijan por los posibles infinitos de la mente, nos pueden proporcionar auténtica satisfacción más allá del capricho momentáneo. Esto es, que no se limite la intención a obtener una recompensa inmediata, sino que se dilate el anhelo más allá de haber sido satisfecho.

Por tanto, se ha de buscar aquello que sacie el deseo y, a su vez, lo provoque. Un ejemplo de este proceso es el arte. La lectura, la audición de música, la contemplación de una obra pictórica... El arte en cualquiera de sus formas nos sacia y genera un nuevo y renovado deseo por satisfacer. Existen, además, múltiples conexiones entre las diversas disciplinas del arte, pudiéndose extender, como ramificaciones de un gigantesco baniano. Así, saciando nuestra sed de literatura, se abrirá, quizá, el apetito cerebral por un hecho histórico que, a su vez, imprimirá en nosotros un profundo anhelo por conocer la vida y obra de un personaje relacionado con el mundo de la música, conduciéndonos, casi de forma irremediable, a buscar con avidez la interpretación de sus partituras, una de las cuales se llegó a interpretar en una obra de teatro o pasó a formar parte de la banda sonora de algún largometraje, que, por supuesto, también querremos conocer.

En este proceso de satisfacer un deseo y generar, al mismo tiempo, una nueva o varias pasiones, existe una constante, deseo/gratificación/deseo que se prolonga en el tiempo proporcionándonos un placer duradero.

Es habitual experimentar una sensación de vacío existencial, más o menos leve: la nada que sustituye a la pasión, después de haber calmado un apetito, porque, en realidad, era el deseo lo que nos impulsaba y, una vez lograda la gratificación, no existe motivo para el movimiento, siendo este la verdadera fuente de placer. Tal es así con los placeres carnales cuando no hay nada más allá del acto sexual ni están implicados más que los sentidos en un plano puramente físico.

Pero, si relacionamos el sexo con cualquiera de las vertientes artísticas, llegaremos a entender que tienen una enorme conexión entre sí, extrayéndose de ambos el mayor gozo durante el proceso del deseo más que en la propia culminación, que solo habría de entenderse como satisfactoria si previamente existió una verdadera pasión y, una vez saciada, ésta es renovada por un nuevo y más impulsivo afán, es decir por un nuevo deseo o por el deseo de profundizar en el deseo. Si el arte está íntimamente relacionado con la sexualidad no es, al menos no únicamente, porque sea un medio de representación de la belleza concreta o abstracta, es porque comparten, además, la característica de ser, no solo la finalidad de la coronación, sino el mismo generador del deseo que inicia la acción o el movimiento hasta que este culmina en el éxtasis o finalización de la obra y es nuevamente renovado.

Cuando, erróneamente, consideramos el término de la obra como propósito, estamos limitando de forma inconsciente el placer a través del disfrute en la etapa de desarrollo, esto es, cuando leemos apresuradamente una novela para conocer cuanto antes el desenlace, despreciando, en esa carrera innecesaria, aspectos sumamente importantes y que todo buen lector apreciaría mucho más que la propia historia, como puedan ser la construcción de los personajes, la recreación de las escenas o pequeños detalles que podríamos pasar por alto y que son piezas clave del desarrollo de la narrativa.

Desde el punto de vista del artista, del creador, el disfrute durante la evolución de su propia obra adquiere mayor relevancia, pudiendo llegar a sentir la contradicción de la satisfacción en la culminación y la desmotivación en la ausencia inmediata, salvo que no se considere esa coronación como la finalización de la obra sino como parte de un proceso mucho mayor, siempre inacabado, que consiste en el movimiento del artista en sí mismo y la búsqueda de su perfeccionamiento a través de la obra.

En el plano de la sexualidad, siendo el artista el practicante del acto carnal y considerándose dicho acto su obra, el deseo inicial no debería concretarse en el culmen sino en el proceso de perfeccionamiento que, siendo la perfección imposible de alcanzar por ser un concepto abstracto, se verá siempre renovado, vigorizado por el anhelo de profundizar en el deseo como medio para el refinamiento de ilimitados placeres. Cada culmen será una mínima parte del proceso que contemplará el gozo más allá del cuerpo y del instante en que encumbra el placer.

Por tanto, podemos asegurar que el deseo puede ser transformado en deseo y, llevado al plano de la satisfacción intelectual/ emocional/ física, convertido el simple acto sexual en un verdadero y refinado arte; la búsqueda del perfeccionamiento del ser humano de forma integral, aunando en uno solo los placeres del intelecto con aquellos más carnales, logrando así una comunidad entre ambos indisoluble.

El deseo, no es únicamente el motor que mueve el mundo, es, a su vez, el combustible que mantiene ese motor en marcha. El deseo llama al deseo.