Ensayo · 23 de noviembre de 2023

EL MIEDO

Cuando decimos “vivir sin miedo”, en realidad no nos referimos a la plena ausencia de este sentimiento, sino a saber medir sus efectos y no permitir que estos controlen el resto de emociones...

"Mujer en el espejo" (c.1896), GiovannI Boldini
"Mujer en el espejo" (c.1896), GiovannI Boldini

¿A quién no le gustaría vivir sin miedo? No obstante, lo ideal no es la ausencia total de este sentimiento. El miedo es la respuesta de nuestro organismo ante un posible peligro y es, por tanto, una manifestación de nuestro instinto de supervivencia. El miedo es la intuición que nos permite tomar la decisión correcta (en la mayoría de los casos) ante una determinada situación que pudiera poner en riesgo nuestra salud o nuestra propia vida.

Ahora bien, el miedo podría calificarse en dos tipos básicos: el primario, que es aquél que nos permitiría la continuidad de la especie (por ejemplo, el miedo natural de los recién nacidos al verse solos), y el secundario, que es el miedo aprendido en el entorno (por ejemplo, el miedo a meter los dedos en un enchufe). Dentro de esta segunda categoría, que es también indispensable para nuestra supervivencia, hay diferentes subcategorías de miedo y algunas de ellas, curiosamente, podrían llegar a sobreponerse a las demás si no logramos un correcto control de la misma. Cuando el miedo da paso al pánico, nuestra mente se bloquea dejándonos en un estado de indefensión, falta de lucidez y con una parcial o total ausencia de razonamiento lógico.

Aunque suele suceder en situaciones extremas (por ejemplo, ante un peligro imprevisible e inminente) y durar unos instantes, también puede darse, en menor medida y no siendo tan extremo, en momentos en los que experimentemos una pérdida de control de la situación, así esta no sea dañina para nuestra salud, o ante lo desconocido, que sería otra forma de pérdida de control pues no es posible controlar lo que se desconoce. Y es en estos casos en los que podríamos cometer la imprudencia de dejar que el miedo nos controle y nos conduzca, por medio de una conducta anárquica e ilógica, a situaciones en las que sí estemos poniendo en peligro, no solo nuestra salud o nuestra vida, sino nuestra relación con el entorno y a las propias personas que lo conforman.

El miedo a perder a alguien cercano, por ejemplo, suele ser el causante de actos irreflexivos o de dudosa moral, algunos incluso, pudiendo llegar a ser delictivos. El miedo a lo que nos deparará el futuro suele impedirnos disfrutar del presente. El miedo a la muerte podría generarnos una angustia irracional respecto a nuestro estado de salud o un comportamiento precavido en extremo exagerado.

Por tanto, aunque el miedo sea, ante determinadas circunstancias, una reacción sine qua non para nuestra supervivencia, también es requisito indispensable saber controlarlo y una necesidad imperiosa el utilizarlo para nuestro beneficio y no para provocar o provocarnos un perjuicio. Cuando decimos “vivir sin miedo”, en realidad no nos referimos a la plena ausencia de este sentimiento, sino a saber medir sus efectos y no permitir que estos controlen el resto de emociones, anulando así nuestra capacidad de raciocinio y dominando erróneamente nuestros actos. Del mismo modo que hemos aprendido a temer (miedo secundario), también podemos cultivar el destierro del miedo ante ciertas situaciones, principalmente aquellas que no supongan un riesgo para la salud. E incluso, si llegasen a suponer un peligró real para nosotros, no permitir que nos bloquee, anulando nuestra opción de elegir.

Solo así, una madre superará el miedo a perder su propia vida si sus hijos están en peligro, del mismo modo que un samurái podrá entregar su vida dignamente cuando su Shogun precise de su protección. Si la ausencia de miedo puede ser síntoma de locura, la capacidad de dominarlo, lo es de la firme determinación.