Ensayo · 18 de septiembre de 2024

El misterio del Temple

Los arcanos han sido siempre los más grandes impulsos de la humanidad. Aquello que nos es desconocido ejerce un poder de atracción sobre los hombres, dispuestos a correr las más inverosímiles aventuras con el único fin de desvelar el enigma...

Le donjon du Temple, 1795, anónima.
Le donjon du Temple, 1795, anónima.

Los arcanos han sido siempre los más grandes impulsos de la humanidad. Aquello que nos es desconocido ejerce un poder de atracción sobre los hombres, dispuestos a correr las más inverosímiles aventuras con el único fin de desvelar el enigma. Tal es así, que el arte se ve frecuentemente nutrido de las más bellas historias; pintores, escultores, músicos y, cómo no, literatos, se empapan de los misterios que se extienden de boca en boca entre las gentes y las hacen suyas, inmortalizándolas bajo su firma y desde su propia —y casi siempre— subjetiva percepción.

En la literatura tenemos innumerables ejemplos de leyendas que se relataron, quizá iniciadas por una ficticia idea o por un deseo pasional insatisfecho y cobraron vida, llegándoseles a otorgar el beneficio de la duda, algunas dándose por verídicas a pesar de no estar suficientemente probadas y, otras, incluso promoviendo nuevos e inéditos sucesos, proporcionando una nueva inspiración, como el caso de la reaparición de Luís XVII, hijo de hijo de Luis XVI y María Antonieta que fue, durante la toma de la Bastilla, en plena revolución francesa, encarcelado en la Torre del Temple junto a sus padres que finalmente fueron juzgados y ejecutados en la guillotina, convirtiendo al delfín en rey. Si bien, en un principio se creyó muerto en prisión al legítimo heredero al trono de Francia, pronto se corrió la voz de que éste había sido rescatado por algunos partidarios de la monarquía y sobrevivía, oculto en algún lugar. Las habladurías no tardaron en convertirse en leyenda, extendiéndose entre los simpatizantes de la corona, renovada su esperanza de que el heredero pudiera regresar algún día para reclamar el trono.

Entre aquellos que afirmaban con fervor que su rey no había muerto, negándose a aceptar tan terrible posibilidad, y aquellos que se sirvieron de la heroica historia para su propia inspiración literaria —“El evadido del año II” de Philippe Ebly, relataba la historia de un niño rescatado de la prisión de la torre francesa—, lo que comenzó como un rumor, acabó aceptándose como una realidad y, si bien, la muerte del delfín de diez años se había informado oficialmente en el año 1795, dicha noticia se tomó como un posible encubrimiento de los revolucionarios que no querían admitir que el rey legítimo seguía con vida. Posteriormente, una nueva obra, la novela de Regnault-Warin, “Le Cimetière de la Madeleine”, contaba entre sus páginas todos los detalles de la revolución francesa, incluyendo entre ellos la toma de la Bastilla, la coronación del Rey Luis VII y detallado rescate de la Torre del Temple. En esta novela se inspiró el primero de muchos aspirantes al trono que fueron apareciendo durante los sucesivos años. Jean-Marie Hervagault, un impostor que, de entre sus diversas suplantaciones, la mayoría, personajes de la nobleza (e incluso mujeres), se sirvió de la historia detallada de la obra literaria, sustituyendo algunos detalles por otros de su propia cosecha, para hacerse pasar por Luis VII, intento frustrado que acabó con su muerte en prisión a la edad de treinta años. De “Le Cimetière de la Madeleine” se sirvieron otros para impostar al legítimo rey de Francia, como Mathurin Bruneau, un zapatero fabricante de zuecos que también había intentado, con anterioridad, suplantar a otros personajes de la nobleza y fue también juzgado y encarcelado, muriendo en prisión de un ataque de apoplejía. En el año 1885 Mark Twain utilizaba la persona de Luis XVII, en su novela “Las aventuras de Huckleberry Finn”, para darle vida a un supuesto suplantador que se hacía pasar por el rey rescatado.

Hubo más de cien hombres que reivindicaron el título. Algunos llegaron a lograr un importante apoyo de los simpatizantes de la corona y, así mismo, hubo otros autores que se inspiraron en los sucesos acontecidos en Francia durante la revolución francesa, para narrar los hechos del rescate de la Torre del Temple, llegando a traspasar fronteras; como en el caso de Jacques Soppelsa, exconsejero cultural en la embajada de Francia en Buenos Aires, que ya en el año 2011 publicó “Louis XVII. La piste argentine” con el fin de demostrar que Luis VII no había muerto en prisión. Pero fueron algo más que simples historias ficticias que resucitaban al legítimo rey para devolverle el trono; no faltaron las diversas investigaciones científicas, necesarias para probar o desmentir la consanguineidad con los Borbones y esto nos lleva a un nuevo suceso digno de novela de ficción que relata cómo, tras la muerte del príncipe de diez años, uno de los médicos encargados de la autopsia del pequeño delfín, Philippe-Jean Pellatan, se guardó el corazón con el fin de que fuese embalsamado y llevado a la cripta de St. Denis, como era tradición. Sin embargo, el corazón conservado en un tarro con alcohol etílico, fue robado de un estante de su despacho y, después de pasar por algunas aventuras dignas de Robinson Crusoe, el propio hijo del doctor Pellatan, logró hacerse de nuevo con él y lo conservó hasta el año 1895, cuando lo entregó a una rama de los Borbones que conservaron el corazón en una capilla de un castillo en Austria. Pero la aventura no terminaría ahí; en 1999, el órgano fue extraído para realizarle diversos exámenes científicos de los que se encargó el Dr. Jean-Jacques Cassiman: “"Allí no hay emociones porque de lo contrario cometerás errores. Trabajamos en una campana especial, una donde había flujo de aire para evitar la contaminación con otro ADN", explicaba Cassiman. Tuvieron que lograr, a su vez, el ADN de María Antonieta y fue, gracias a un cabello de la reina, conservado en un collar, que finalmente se pudo probar, en el año 2004, que el corazón pertenecía al pequeño y legítimo rey de Francia, muerto en el año 1895 en la Torre del Temple, en París.

Cada uno de estos sucesos, han sido, en conjunto y por separado, inspiración de autores, varios consagrados, dando pie una vez más a que de sus leyendas, algunas finalmente verificadas, influyesen durante el transcurso de los años en las vidas de quienes propiciaban, inspirados en dichas historias, nuevos e inusuales hechos; inspiración para las nuevas generaciones de literatos y, en general, de diversos artistas que quisieron (y querrán) hacerlas suyas, inmortalizándolas bajo su firma y desde su propia —y casi siempre— subjetiva percepción.