De seda y cianuro
Solía, después de haber sido benévola y espléndida en caricias, volverse estatua en el lecho para viajar tan lejos como sus pensamientos le permitieran. Lejos de mí, del mundo que entumecía su vitalidad y entorpecía su alma soñadora...

Pude haberla pintado desnuda, sin el estorbo de las vestiduras cubriendo el mármol de sus codiciados senos. En un diván tendida, con la mirada perdida en alguno de esos ensueños en los que se sumía después de haber gozado —yo de su virtud, ella de mi veneno—. Solía, después de haber sido benévola y espléndida en caricias, volverse estatua en el lecho para viajar tan lejos como sus pensamientos le permitieran. Lejos de mí, del mundo que entumecía su vitalidad y entorpecía su alma soñadora. Un brazo laxo sobre el vientre del que yo había bebido el licor vertido de su copa, embriagado de algo más que un vapor o un aroma; del concepto de lo etéreo con el que el creador concibió un ser tan cruelmente perfecto. La otra mano igual de pálida y hermosa —fina como el hilo que unía sus pensamientos a lo terrenal, divina como el árbol de la vida—, se derramaba sobre su delicado pubis, como si aún conservara algo de su inocente pudor.
Aun en su mutismo, me hablaba de mundos que solo ella veía detrás de las pestañas. Esa mirada amorosa y lánguida sería mi ruina. Solo el diablo sabe —llegué a invocarle en uno de mis accesos de locura ¡a exigirle incluso que se manifestara ante mí!—, que habría vendido mi alma con tal de que esos ojos me adorasen, habría condenado a la maldita humanidad porque esa boca caprichosa fuese solo mía. Quise inmortalizarla, conservar su belleza del único modo que a un pintor le es permitido dar perpetuidad a lo sublime… ¡Ah! Pero esos celos horribles, oscuros que se cernían sobre mi desdichado ser, congelaban mis manos en un deforme gesto crispado; mis dedos como garras sujetando el pincel, las cerdas crujiendo sobre el lienzo hasta rasgarlo, el abedul hecho astilla en la palma; la astilla sangre en la carne. Pude haberla pintado en su desnudez, cuando todavía era mía; en ese fugaz lapso de tiempo en que me amaba más que a sí misma. Pero qué clase de tormento habría sufrido si, por alguna torpeza del destino, la blancura que estrechaba entre mis brazos se hubiese transmitido al cuadro para ser obra admirada por otros ojos.
No… no era, en verdad, la desnudez del cuerpo lo que celaban mis manos de artista, era su alma rebelde y libre a la que me concedía, solo de tanto en tanto, asomarme para contemplarla plena. Cuando nos entregábamos el uno al otro, gozando ella de mi virtud; yo de su veneno. Por eso, la pinté vestida, insondable, esfíngica. Cuando ya no era mía. Cuando tampoco podía ser del mundo.