
La seducción de Venus
Poesía, Ondina Ediciones

Un poema del libro
Mare Imbrium
Sobre mí se cernía la noche y yo le temía como una mujer teme la madurez que un día deseó de niña. Y si acaso se llevara mi alma dejando este cuerpo muerto en vida? Y si a mis sueños cederme quisiera, sin opción a despertarme al día?
Me habló, sin sus mares, la luna afilada; me dijo colgando de aquel manto, oscuro y espeso techo insondable: «Niña, ¿por qué has de temer a la noche? si es siempre la causa que precede al día. Suceden el uno y la otra, sin jamás tocarse, un ligero roce, todavía... y nada más. ¿No es triste, mujer hermosa, su condena? Y tú, que eres ambos y a ambos amas por igual, déjate ir, sin miedo, al sueño, pues en ti, y solo en ti se pueden besar». Me ciñó la noche a su cintura, bajo la luna, triste y blanca sin sus mares, puntiaguda. Y sopló en mi nuca su sombra, y cubrió con ella mi lecho, mi silueta temblorosa, mis ojos, mis manos... y mi boca. Así esperamos ambas al día, ella en mí y yo en ella todavía, para, en la luz despertar sedientas del líquido dorado. El día acudió a mi lecho, bañó mis dedos, besó mis párpados, rozó mis labios. En mi piel, ambos amantes se bebieron: una, su prístina alegría; el otro, su seductor silencio trasnochado. Y en mí habitaron y cohabitan ambos; al sueño sin temor me entrego, a su bruma, bajo el Mare Imbrium de la madre luna; redonda y pálida se insinúa y así dice: «Mujer de luces y sombras, tres amantes son ahora: la noche, la dama y el día. Suceden uno en las otras, se tocan, se rozan, se beben y mucho más... todavía».

